He terminado la primera temporada de Nikita y, francamente, me ha gustado mucho. La he descubierto en Prime Video, más de quince años después de su estreno y cuando se cumplen casi trece desde la conclusión de la serie. El tiempo transcurrido podría hacer pensar en una propuesta envejecida, pero sus primeros capítulos pronto disipan cualquier duda al respecto: tiene ritmo, tensión y una enorme facilidad para dejarte con ganas de seguir viendo más, cosa que no puede decirse de la mayoría de series que nos ofrecen actualmente las diferentes plataformas de streaming.

La historia recupera al personaje nacido en la película de Luc Besson y es un remake de la serie canadiense de finales de los 90 "La femme Nikita", con notables diferencias respecto de ella. Nikita, interpretada por Maggie Q, es una antigua agente de División, una organización secreta que trabaja para las cloacas del Estado, que recluta a jóvenes vulnerables, borra sus identidades y los adiestra como espías y asesinos bajo la promesa de darles una segunda oportunidad. Después de escapar y permanecer oculta durante tres años, Nikita regresa decidida a desmantelar la agencia que la convirtió en una máquina de matar. Y es que Nikita conoce perfectamente sus métodos, sus secretos y a quienes trabajan para ella.

A partir de esa premisa, la temporada despliega una guerra de infiltraciones, sabotajes y operaciones encubiertas en la que resulta difícil mantener a salvo cualquier certeza. Mientras Nikita combate desde fuera a la organización, la incorporación de Alex como topo en División, una joven con un pasado traumático interpretada por Lyndsy Fonseca, le permite siempre ir un paso por delante. Al frente de División está Percy, encarnado por Xander Berkeley; a su alrededor se mueven Michael, el agente interpretado por Shane West, con lealtades enfrentadas a sus más íntimos sentimientos personales, y con Amanda, una inquietante y maquiavélica Melinda Clarke. Entre todos dibujan un mundo donde la obediencia ciega se impone mediante el miedo, la manipulación y las deudas con el pasado.

Lo que más me ha enganchado es su capacidad para mantener la historia en movimiento. Las misiones alimentan una trama que va creciendo y complicándose, con revelaciones que obligan a mirar de otra manera lo que acabamos de ver. Los personajes ocultan información, se ponen a prueba, cambian de estrategia y a veces de bando. Cuando parece que alguien ha conseguido tomar la delantera, aparece algo, una pieza que altera el tablero. Y vuelta a empezar.
Maggie Q sostiene buena parte del atractivo de la serie. Tiene presencia, resulta convincente en las escenas de combate y transmite esa mezcla de determinación y fragilidad que necesita el personaje. Su Nikita arrastra culpa, pérdidas y una necesidad casi desesperada de redimirse y de impedir que otros pasen por lo mismo. Esa carga emocional da sentido a su lucha y hace que las escenas de acción tengan algo en juego más allá de salir con vida.
La relación de Nikita con Alex es otro de los grandes aciertos. Hay afecto, protección y confianza, pero también secretos entre ellas capaces de ponerlo todo en peligro. A ello se suma el vínculo de Nikita con Michael, como he dicho luchando entre sentimientos y lealtades difíciles de conciliar. La temporada encuentra en estas relaciones personales una tensión que acompaña muy bien a las tramas, persecuciones, tiroteos y enfrentamientos físicos constantes.
Por supuesto, hay situaciones llevadas al límite, coincidencias oportunas y recursos tecnológicos que exigen cierta complicidad del espectador. En mi caso, el pulso de la narración ha podido con esas objeciones. Sus veintidós episodios se consumen con una facilidad sorprendente, y el tramo final aprieta el acelerador hasta dejar una necesidad inmediata de continuar.
Termino esta primera temporada con la sensación de haber encontrado una serie de acción que sabe perfectamente cómo atraparte: con giros, peligro constante y personajes cuyo destino nos importa. La descubrí tarde pero ha merecido la pena.
Calificación: 8,5/10
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