Hay decisiones que parecen pequeñas cuando las tomamos. Una renuncia, una llamada que no hicimos, aquella puerta ante la que vacilamos unos segundos. Después pasa el tiempo y esas elecciones terminan construyendo una vida entera. Dark Matter parte de una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿qué ocurriría si pudiéramos regresar a esos cruces del camino y contemplar quiénes habríamos llegado a ser?
Jason Dessen —un contenido y en ocasiones inexpresivo Joel Edgerton— es profesor de Física en Chicago. Vive con Daniela, su mujer, interpretada por Jennifer Connelly, y con su hijo Charlie. No posee la brillante carrera científica que alguna vez imaginó, pero disfruta de una existencia tranquila, cotidiana y razonablemente feliz. Hasta que una noche es secuestrado por un hombre enmascarado y despierta en un mundo donde su vida ha seguido un rumbo completamente distinto. Allí no es profesor ni padre de familia, sino un físico célebre que ha conseguido desarrollar una tecnología capaz de acceder a realidades alternativas. A partir de ese momento, Jason deberá encontrar el camino de regreso a su mundo. Y, sobre todo, descubrir quién le ha arrebatado su lugar.
Basada en la novela de Blake Crouch —también creador y principal guionista de la adaptación—, Dark Matter utiliza el multiverso de una manera mucho más íntima que espectacular. No le interesan tanto las grandes paradojas cósmicas como las vidas que no vivimos, los deseos que sacrificamos y esa tentación, profundamente humana, de imaginar que en algún lugar existe una versión de nosotros mismos que tomó siempre la decisión correcta.
La serie llega cuando el concepto del multiverso empieza a mostrar signos evidentes de agotamiento. El cine de superhéroes lo ha convertido en una excusa para reunir personajes, resucitar franquicias y multiplicar variantes. Aquí, en cambio, las realidades paralelas recuperan su capacidad para perturbar. Cada mundo es la consecuencia posible de una elección, pero también de un miedo, un deseo o un estado de ánimo. Atravesar una puerta no significa solamente desplazarse entre universos: supone enfrentarse a aquello que uno anhela y, en ocasiones, a lo que se resiste a reconocer sobre sí mismo.
Su mayor acierto reside precisamente ahí. Bajo la apariencia de un thriller de ciencia ficción, Dark Matter cuenta una historia sobre la insatisfacción. Jason ama a su familia, aunque no puede evitar preguntarse qué habría sucedido si hubiera antepuesto su carrera a la paternidad. Daniela abandonó una prometedora trayectoria artística y también conserva sus propias dudas. La serie comprende que se puede ser feliz y sentir, al mismo tiempo, la nostalgia de aquello a lo que se renunció. No existe necesariamente una vida equivocada. Existen vidas incompatibles.
Joel Edgerton sostiene buena parte del relato con una interpretación en mi opinión excesivamente sobria lo que le resta drama y capacidad para que el espectador experimente toda la empatía que debiera por el personaje. Su trabajo no se apoya en transformaciones llamativas, sino en pequeños cambios: una mirada demasiado prolongada, una seguridad inhabitual, cierta forma de ocupar el espacio o de acercarse a Daniela. El actor logra que las diferentes posibilidades de Jason resulten reconocibles y, a la vez distintas. No interpreta a hombres opuestos, sino a variaciones nacidas de una misma personalidad. Esa proximidad hace que el conflicto sea mucho más inquietante.
Jennifer Connelly aporta a Daniela una inteligencia emocional que impide que el personaje quede reducido al papel de esposa idealizada y convertida en premio. Observa, sospecha y percibe las grietas que se abren en la persona con la que comparte su vida. Sus mejores escenas no necesitan grandes revelaciones: basta un silencio en la mesa, un gesto fuera de lugar o una respuesta que llega medio segundo tarde. Alice Braga, como Amanda, introduce por su parte una calidez imprescindible y protagoniza algunos de los momentos más humanos e interesantes de la temporada.
Visualmente, Dark Matter evita los excesos. La misteriosa caja que permite viajar entre realidades es una construcción enorme, fría y casi brutalista. Su interminable corredor, jalonado de puertas idénticas, termina convirtiéndose en una poderosa representación del vértigo ante las posibilidades infinitas. Cada puerta promete una vida mejor, pero también puede ocultar un mundo devastado. La fotografía juega con variaciones sutiles de luz, arquitectura y color, sin necesidad de subrayar continuamente en qué universo nos encontramos.
No todo funciona con la misma precisión. Los primeros episodios se recrean demasiado en un misterio cuya respuesta resulta bastante obvia, y el tramo central repite varias veces la misma dinámica: abrir una puerta, descubrir una nueva realidad y comprobar que tampoco es la correcta. La temporada habría ganado intensidad con uno o dos capítulos menos. Algunas explicaciones científicas son innecesariamente enfáticas y ciertos personajes secundarios existen únicamente para facilitar el avance de la trama.
También puede reprochársele que, tras formular preguntas muy complejas, su respuesta emocional sea relativamente convencional. Frente a la ambición, la fama y las innumerables vidas posibles, la serie reivindica la familia y la existencia elegida. Es una conclusión sincera aunque algo más conservadora de lo que su atrevido punto de partida parecía prometer. La historia se aproxima a cuestiones fascinantes —la identidad, el consentimiento, la legitimidad de cada versión de una persona—, pero no siempre se atreve a internarse en sus zonas más oscuras.
Sin embargo, cuando alcanza su último tramo, Dark Matter lleva una de las consecuencias de su premisa hasta un extremo inesperado y perturbador. Lo que parecía una lucha entre dos versiones de un mismo hombre se transforma en algo mucho más caótico: una reflexión sobre la imposibilidad de reclamar como exclusivamente nuestra una vida que también podría haber sido elegida por otros “yo”. La serie encuentra entonces sus imágenes más poderosas y su auténtica dimensión trágica. La serie podía ser mejor de lo que es y alcanzar la excelencia posiblemente si las interpretaciones de la pareja protagonista hubiesen sido un poco más arriesgadas y comprometidas.
Dark Matter no reinventa las historias sobre universos paralelos, pero devuelve al multiverso el asombro, el miedo y la melancolía. Porque sus mejores mundos no son los más extraños ni los más espectaculares. Son aquellos en los que reconocemos la sombra de la persona que pudimos ser.
Y quizá esa sea la idea más inquietante de todas: no necesitamos una caja para sentirnos perseguidos por nuestras otras vidas. Basta con recordar las puertas que un día decidimos no abrir.
Valoración: 7/10
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